"GUIÓN
Y TRANSGRESIÓN"
Belo Horizonte,
Octubre de 1997.
Encorvada,
de unos ochenta años y vestida con un viejo abrigo negro, la anciana
le dice palabras suecas que no escucho, y que aun si escuchara
no entendería. En sus manos lleva un bolso grande de
plástico, de esos con flores pintadas en colores chillantes. De
pronto, la anciana mete al bolso sus manos torpes por los años
y por los guantes que nunca se quita, y saca un envoltorio que
tiende al guardia real. Como el guardia no reacciona, la
anciana destapa lentamente el envoltorio, es un emparedado fabuloso,
con rebanadas de carne suculentas desbordando por los lados del
pan. Sus ojos grises no dejan de ver al guardia, como suplicándole
o como ofreciéndole. Guión es
transgresión porque la imagen transgrede, y lo hace en virtud de
conjurar al Indómito. Tengo sobre
mi escritorio una copia de la película Lisbon Story de Wim Wenders,
en ella Friedrich Monroe se queja porque las imágenes ya no son
lo que eran antes, y dice a su amigo Phillip Winter: "ya no
puedo confiar en ellas. Cuando crecimos las imágenes nos contaban
historias y nos mostraban algo, ahora todas ellas venden historias
y cosas y ya no saben contar nada. L Show-Sell-Lies-Love. Las tres primeras palabras hacen sentido, la cuarta desconcierta: en el acróstico es "Love" la que ha quedado como "crucificada" entre las otras tres. El significado es evidente, me parece. Oficio y
vocación se confunden y se tensan en el guionista. La vocación
de relatar con imágenes necesita tener a su servicio el oficio
de la narración. Para todos
los involucrados en el quehacer audiovisual (guionistas, El cine, y en él su guión, no deja de ser una forma primitiva de contar y escuchar historias. La postura de quien escribe un guión cinematográfico no es la postura de quien persuade sino de quien se desgarra. No es la de quien traduce ideas claras y distintas, por muy buenas y santas que sean, sino de quien tiene la ligera sospecha de que ahí, en su intuición, hay algo probablemente vivo que vale la pena verificar. Algo se
asoma, no es nada, pero algo tiene que llama a la intuición. Al
otro día ese algo deja ver sus imágenes y detrás de ellas se esconde
su historia probable. A veces quien se asoma primero es un
personaje que quiere ser real, otras veces es la trama la que busca
a sus personajes. Aun no es tiempo de escribir nada, no se
sabe aun si ese algo está vivo. Una tarde la intuición
madura lo suficiente como para que uno se atreva a sentarse ante
el teclado.
Nada, la historia y sus personajes se oscurecen. Aun no sé porqué me impactó tanto esta escena. Aclaro que llevaba conmigo mi cámara y no se me ocurrió usarla. El momento era tan único que temí ensuciarlo con mi cámara de turista. De alguna manera fotografiar eso sería una falta de respeto para el guardia, para la anciana y para mí mismo. Más tarde saqué mi libreta de apuntes pero me fue imposible describir el momento, lo único que pude hacer fue esbozar un dibujo bastante deplorable, por cierto. ¿Qué significado
tenía esta escena? Bien a bien, lo ignoro. Quizás fui testigo,
no sé, de cómo la fragilidad es a veces tan poderosa como para
doblegar al más disciplinado orgullo, por real que este sea. La
rígida formación militar vaciló por un emparedado. No sé bien qué interpretación
darle, y la verdad no me interesa, porque entre más le busco un
sentido unívoco, entre más la trato en términos conceptuales, más
pierdo su fuerza provocadora. Lo mismo sucede si fuerzo la
imagen y la trato como una historia, cuando invento quién es la
anciana, qué parentesco tiene con el guardia real, a qué horas
preparó el emparedado... entonces se desvanece su encanto principal:
el equívoco. Dejo de sentirla. El valor de una imagen
no está nunca en su transcodificación conceptual, porque ella no
es portadora de ideas, sino de sensaciones. La imagen es
fuerza indómita, inefable, equívoca pero sobre todo transgresora. Una imagen
no es una historia, una historia no es un argumento, un En efecto, nuestro parentesco con las artes no
está en la literatura, no Esta provisionalidad no deja de ser cruel: el mejor destino que tiene un guión es terminar en el bote de la basura una vez que se ha realizado la película, y lo peor que le podemos desear es conservarse indefinidamente en el papel, aunque tenga muchos lectores entusiastas. Esto lo digo no para sumergirnos en la autocompasión, sino para cobrar conciencia de que el happy end de un guión es transitar hacia la pantalla. Si se gestó desde el universo de la imagen lo que transitará será imagen, pero si sus raíces brotan desde el mundo conceptual, lo que transitará serán ideas y conceptos visualizados. Cuando esto sucede se pierde absolutamente la fuerza propia de la imagen, y con ella, su oportunidad provocadora, equivoca, indómita y transgresora. Escribir es apostar a que detrás de una intuición hay algo vivo que merece ser contado; como toda cosa viva es algo indómito, provocador, equívoco y transgresor. El creador inventa el mundo, el publicista lo repite. En su invención, el creador transgrede, el publicista se acomoda. Manoel de Oliveira, el viejo cineasta portugués, dice que los hombres "queremos imitar a Dios y por eso hay artistas. Los artistas quieren recrear el mundo como si fueran pequeños dioses y hacen un constante repensar sobre la historia, sobre la vida, sobre las cosas que van pasando en el mundo". Como Friedrich
en Lisbon Story, a veces dejamos de repensar la historia y renunciamos
al derecho de recrear el mundo. Como Friedrich, podemos desperdiciar
la vida domesticando la transgresividad de las imágenes. Pero
también como Friedrich, podemos escuchar aun la voz amiga de Phillip: "¡Oh,
Fritz, ¿Te perdiste?!, Date la vuelta y confía de nuevo en tus
ojos. No. No están en tu espalda. Y confía en esa vieja cámara
de manivela, aun puede producir películas. ¿Por qué desperdiciar
tu vida en imágenes chatarra, desechables, Fritz, cuando puedes
hacer unas indispensables... con tu corazón... en mágico celuloide?". To respond to this paper, or if you have questions
or concerns, you can contact : |